Séptimo B, un martes cualquiera.
Desde el tablero todo se ve en orden: veinticuatro estudiantes, cada uno en su puesto.
RADARS es una plataforma para colegios. Cada estudiante cuenta, en una encuesta, cómo le va con su curso; el colegio ve el mapa de cada salón y sabe dónde poner la mirada, para acompañar a tiempo.
Desde el tablero todo se ve en orden: veinticuatro estudiantes, cada uno en su puesto.
Pasa en el descanso, en la ruta, en el chat del curso. En quién espera a quién a la salida, y en quién se queda sin grupo cuando el profesor dice «armen parejas».
Cada estudiante, desde un celular y en clase, toca a las personas de su curso con las que le pasa algo y cuenta cómo le va con cada una. No hay respuestas correctas, y nadie ve lo que respondió otro.
Amistades que van en los dos sentidos, grupos que cruzan el pasillo, una relación difícil entre dos puestos de adelante.
Se sienta junto a la ventana. Nombra a tres compañeros como amigos; ninguno de los tres la nombra a ella.
No es un diagnóstico ni una etiqueta. Es una razón para buscar a Sara y conversar con ella, antes de que tenga que pedir ayuda.
Sara ya tiene una amiga que también la nombra a ella. Después, otra. Y el colegio ve que lo que hizo está sirviendo.
Eso es RADARS: las relaciones de cada salón, contadas por sus estudiantes, para que nadie se quede por fuera sin que alguien lo note.
El mapa de cada salón, a quién acompañar y por qué. Primero se ven las amistades que van en los dos sentidos; los vínculos difíciles aparecen solo cuando alguien los busca.
Ve el colegio completo, salón por salón, y cuáles piden atención. Sin fichas de estudiantes.
Ve todo, incluida la ficha de cada estudiante, para acompañar con contexto.
Ve su salón: el mapa y los grupos, para armar equipos y saber con quién hablar.
Esta herramienta habla de niños. Por eso hay cosas que decidimos que no haga nunca.
Cada estudiante responde con un código. La lista que une códigos y nombres se queda en el colegio.
Cuenta lo que pasa —cuántos lo nombran, si sus amistades van y vuelven— y deja la lectura a las personas.
No pregunta quién acosa ni lo deduce. Muestra a quién conviene acompañar.
Ni muestra quién nombró mal a quién.
Responde y termina. Nada de «tienes cuatro amigos»: lo que cuenta sirve para cuidarlo, no para compararse.
Señala dónde mirar. Qué hacer lo deciden la psicóloga, los profesores y la ruta de convivencia del colegio.
En un estudio con 3.827 estudiantes de 19 colegios, se le preguntó a cada uno si sufría acoso y quiénes de su curso creía que lo sufrían. La diferencia es enorme.
En Colombia, la Ley 1620 le pide a cada colegio una ruta de atención para la convivencia escolar. RADARS no la reemplaza: le da información para actuar antes.
Algunas señales resultarán no ser nada. Ninguna conversación a tiempo sobra.
Brañas-Garza, Cabrales, Kovářík y Vasco (2025), Friends, enemies, and the risk of bullying in schools, documento de trabajo, SSRN 4912811. Estudiantes de 11 a 17 años en España.
Es una demostración, con estudiantes y salones de ejemplo. Si respondes la encuesta en este mismo dispositivo, después apareces en la plataforma como «TÚ».